• Tribuna de Caros Trias Pínto, Director de ASGECO y Consejero del Comité Económico y Social Europeo

-A pesar de llevar varios años de construcción de la unión bancaria y realizar numerosos exámenes de “stress”, la banca europea sigue revelando sus debilidades en materia de morosidad (en torno a 900.000 millones en la zona del euro) y de solvencia,aun siendo cierto que las diferencias entre entidades financieras y Estados miembros son muy significativas (obsérvense, respectivamente, los ejemplos paradigmáticos de Deutsche Bank y de la banca italiana).

Nos encontramos, pues, con un sistema financiero europeo que no acaba de culminar su proceso de capitalización y que a la par debe revisar su modelo de negocio, a la luz de unos márgenes en caída libre.

Pero, obviamente, la recuperación de la rentabilidad no volverá de la mano de la colocación de derivados en el segmento minorista y, en ese sentido, la regulación europea avanza adecuadamente en su propuesta de alejar las futuras titulaciones del alcance de los consumidores y pequeños inversores, siguiendo la estela de la estadounidense norma Volcker (así denominada en honor del ex presidente de la FED).

En nuestra opinión, la industria financiera tiene que recuperar sus funciones básicas de financiación de la economía real (boring banks) y generar confianza en sus usuarios, que actualmente no movilizan sus ahorros ante la falta de transparencia del entramado financiero (no hay suficiente certeza sobre la aplicación del dinero que aportan los clientes, tampoco queda patente cuáles son los riesgos y quiémn los asume). Y para rematar la situación, las turbulencias financieras asociadas a las principales economías del planeta paralizan aún más al inversor. Mientras tanto, en España suceden cosas que en absoluto apuntan en la buena dirección. Me refiero al hecho de que la mayoría de la banca se va a desentender de los tan esperados indicadores de riesgo de los productos financieros en forma de semáforo, eludiendo esa escala de colores (del verde al rojo) que tan eficazmente ha venido funcionando para indicar la eficiencia energética de los electrodomésticos. En efecto, lo que partió de la española Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) como un sistema de clasificación obligatorio ha quedado limitado a una escala en blanco y negro en forma de fracción, lo cual indudablemente limitará su eficacia. Ante esta inesperada rebaja del listón – que se agrava por la exclusión de los derivados a expensas de la entrada en vigor a final de este año del Reglamento PRIIP (Package Retail Investment Products)- algunas justificaciones son tan peregrinas como argüir que las sucursales de muchos bancos no cuentan con impresoras a color, cuando todo el mundo sabe que los razonables precios de las mismas no son una traba para su adquisición. En definitiva, si queremos que nuestros ciudadanos recuperen la confianza en el sistema financiero y la ilusión por invertir, que conduce a la adopción de un riesgo controlado, tendrán que espabilar tanto los supervisores (los bancos centrales deberán entrar más a fondo y acaso centralizar la supervisión del conjunto de activos financieros, como apuntaba inteligentemente el subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy), como la propia banca, aplicándose de una vez por todas en el obligado ejercicio de la transparencia, algo que, desafortunadamente, aún se vislumbra lejano.